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Nací en Madrid en 1962, de padre toledano de Sonseca y madre cordobesa de Belalcázar. Estudié en los Agustinos, lo que contribuyó a forjar una voluntad de hierro y un moderado espíritu crítico. Quise ser arquitecto, pero la muerte -prematura, como todas- de mi padre me obligó a dedicarme a la informática. Todavía no he conseguido quitarme ese vicio, pero estoy en ello.
Adoro la comida japonesa, el jamón de Jabugo, los vinos de Valdepeñas y la honestidad.
Aborrezco todo eso del corazón y el tomate, la manía de aferrarse al cargo y los sueldos abusivos de algunos políticos.
Y la intolerancia. Sobre todo, la intolerancia.